
Había una vez una casita piccola a la mitad del bosque, con muchas ventanitas de colores, en donde vivía un hombrecito cuyos sueños siempre se hacían realidad, porque sabía, que aunque la vida a veces dolía un poquito, al otro lado del bosque siempre habría un fantástico mundo. Y sabía que cruzar el bosque era posible si ponía atención a las señales.
El bosque, travieso, tenía la costumbre de cambiar su forma cada vez que el hombrecito quería cruzarlo, y se divertía poniéndole obstáculos a cada paso. A veces aparecían nuevas veredas y a veces ríos, también le ponía piedritas para que se tropezara y hasta acantilados para bloquear por completo su camino.
La única constante en el bosque travieso era que había un Lobo y había un Dios.
El hombrecito caminaba siempre con los ojos bien abiertos atento al lobo, pero tranquilo por saber que el Dios siempre lo ayudaba.
El hombrecito parecía siempre estar distraído y a su paso se detenía a oler cada una de las pequeñas flores y a examinar cada piedrita, por eso pocas veces tropezaba con alguna.
El bosque travieso tenía que ser astuto para atraparlo, porque el hombrecito ponía atención a todas las señales. Y la única manera de atraparlo era encadenando eventos que para cualquiera parecerían insignificantes, pero que le permitían ganar al bosque de vez en cuando. Si podía causarle un poquito de dolor, era un punto a favor del bosque.
Un buen día el hombrecito encontró en su camino a un personaje que hablaba mucho y que lo distraía con cosas intrascendentes mientras caminaba; el personaje le mostraba cosas absurdas pero llamativas y le hacía preguntas bobas como por qué tenía los ojos tan abiertos. También intentaba distraerlo señalándole cosas, como una piedrita muy bonita que casualmente estaba a un lado de una flor, también muy bonita. El hombrecito se agachó para admirar ambas mientras el personaje le seguía hablando y cuando dio el siguiente paso para seguir su camino tropezó con una piedra oculta debajo de unas hojitas secas.
Sintió un poquito de dolor y le tomó un poquito de tiempo volver a estar tranquilo. Pero al final, ese día también cruzó el bosque con la ayuda del buen Dios.
El hombrecito sabía que debía estar tranquilo, porque sin importar lo que hiciera, siempre viviría en el bosque travieso con un lobo, con un Dios y con obstáculos en el camino, que ocasionalmente, le causarían dolor. Sabía que la vereda vendría con personajes que lo harían caer y con otros que con amor lo acompañarían. Pero sobre todo sabía, que nunca debía perder de vista las señales.
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Cada día en mi vida es un bosque travieso y tengo claro lo que hay en el, escribo este cuento para que tu y yo nunca olvidemos, que las señales siempre, siempre, siempre están ahí. Pero debemos callar a los distractores y tomarnos el tiempo de examinarlas.
Algunas señales vienen de muy lejos y son demasiado hermosas, así que, no las dejes pasar.
¡Disfruta tu día en el bosque!
Por cierto, para mi el bosque travieso suena así…
Wow que bello cuento y que hermoso mensaje.
Escribes muy bonito. Felicidades
Gracias por compartir algo tan bello y valioso.